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El Cristalazo

Cada quien su Sabines

Le pedí una cita para hablar nada más de literatura. Y extrañamente, al acabar la sesión, nos fuimos juntos a bordo de su automóvil último modelo a una taberna en Nonoalco llamada “Bar Agus”.
Juan José García Amaro
5 de abril de 2026
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5 Min Read
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El Cristalazo: Por Rafael Cardona

Con motivo del centenario de su nacimiento, se ha desatado una moda snob y sabinista como no se veía desde aquellos maravillosos recitales de Jaime en Bellas Artes y en la UNAM. A riesgo de herejía puedo decir sin duda alguna: nadie, ni Pavarotti, ni María Callas o Pau Casals, han sacudido al viejo palacio como Juan Gabriel y Sabines.

La poesía de Jaime ha querido ser explicada en estos días con el mismo error de siempre. La poesía no se analiza: se siente. Y en mi caso y el de Jaime, se recuerda. Esto publiqué en mi libro “Fuego de mis entrañas” (2022) antes de todo este furor oportunista.

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“…Para el matrimonio, hubo algo cuya benéfica influencia nos cubrió a Patricia y a mí, durante mucho tiempo y quizá nos ha ayudado a sobrellevar las sacudidas telúricas del matrimonio: La poesía.

–¿Cómo que te vas a casar, charrasqueado?, me dijo Jaime Sabines, mientras miraba un vaso.

–“No puede haber nadie capaz de eso, ¿casarse contigo? La quiero conocer”.

“Y fuimos días después, a un departamento suyo en Tlatelolco. Recuerdo a Judith.

“El poeta había bebido toda la mañana y el día y la noche anteriores y quien sabe cuánto tiempo más. Llevaba una bata de baño con tiras de colores, como colcha de hotel provinciano y textura de toalla. Despeinado y colorado.

“Llegamos y la emprendió con efusivos abrazos y besos en las mejillas. Conoció a Patricia y le reclamó:

–¿Si tienes cara de ángel, qué haces con este demonio?

“Me empujó a la cocina y se puso a preparar delicias. En una taza bebía él; en un vaso yo. Salud, poeta. Comimos todos menos él, cuyo tenedor sin apetito para lo sólido, apenas picoteaba los trozos de carne frita sazonada en yerbabuena, y a la hora bruja, diría Pepe Alvarado, el poeta tartajoso le dijo a Patricia:

–“Te voy a dar un regalo”.

“Fue a su habitación y regresó con un libro en las manos. Su antología de Mortiz.

–Quédate allí, le pidió.

“Y comenzó a leer.

“La mesa, con platos sucios y restos de la comida, con lamparones rojos de vino en el mantel, con trozos de pan mordido, tenedores olvidados y cuchillos indiferentes, pareció elevarse como un altar, como una nube.

“El aire se suavizó, las sílabas comenzaron a rodar… y empezó el milagro inacabable de una voz aguda y dulce, clara, honda y limpia, con declives y lágrimas de trópico en la perfecta dicción con cadencia de hamaca:

“…Los amorosos se ponen a cantar entre labios /una canción no aprendida, /y se van llorando, llorando, /la hermosa vida…”

“Y así la tarde se hizo noche y la voz se volvió transparente como un cristal de roca y los versos nos envolvieron y nos bañaron y se metieron para siempre en nuestros corazones para mucho tiempo, gracias al hermoso regalo de la palabra, la voz y el sentimiento hondo, hondo….

“Yo había conocido a Sabines cuando comencé a cubrir la fuente política en la Cámara de Diputados de Donceles. Su hermano Juan, quien años después gobernó Chiapas, era gran figura en el PRI. Hizo diputado a su hermano para darle comodidad económica a la poesía. Además lo había asociado en una empresa de alimentos para ganado.

“En una tediosa sesión, cuando el humo del tabaco no servía ya para encubrir el hartazgo del poeta en medio de una oratoria de mendacidad infinita, me senté en la curul de junto.

–Oiga, ¿no se aburre con tantas pendejadas?

“Sabines, quien ya llevaba casi agotada la cajetilla de “Delicados”, me vio con extrañeza y me sonrió con cordialidad. Le pedí una cita para hablar nada más de literatura. Y extrañamente, al acabar la sesión, nos fuimos juntos a bordo de su automóvil último modelo a una taberna en Nonoalco llamada “Bar Agus”.

“Y esa tarde de aceitunas rodadas, marimba y cuentos de la vida, Sabines me aceptó.

“Lo seguí viendo casi hasta su muerte”.

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